Porque siempre es positivo recordar tiempos hermosos. Tal vez en un momento dado no sepamos verlo, y la nostalgia o la añoranza nos hagan sentirnos mal. De hecho, eso es exactamente lo más probable. Pero todo forma parte de esa curiosa manera que tiene el ser humano de ignorar sus propias emociones, de no saber identificar lo que siente. '¿Y quién se cree este que es para dar esa clase de lecciones?', se podría decir. No soy nadie para dar lecciones de esta ni de ninguna otra índole, simplemente planteo una reflexión: si realmente esos recuerdos hermosos, directa o indirectamente, nos hacen sentir mal, ¿cómo es que siempre tenemos dibujada esa sonrisilla estúpida en los labios cuando los recordamos? Esa sonrisa involuntaria de la que no solemos darnos cuenta hasta que nos duele la mandíbula de tanto sonreír. ¿En serio puede hacernos mal algo que, aunque ni siquiera lo percibamos, nos hace sentir tan bien?
Por eso considero que todos los recuerdos tienen dos caras. Incluso los más dulces nos pueden amargar por el hecho de ser pasado, por el hecho de que fueron, pero ya no son. Y esa es la cara amarga que casi en todo el mundo es la predominante. Pero también los recuerdos más amargos tienen el sabor de ser algo que quedó atrás, ¿no? Y sin embargo, eso rara vez se valora. De todos ellos, de los buenos y los malos, de los que marcaron nuestra vida y de los meramente anecdóticos; de todos ellos se puede sacar algo en positivo. La belleza de la memoria consiste precisamente en saber encontrar el punto de vista.
Y de eso se trata, al fin y al cabo, pues hace unos días algo cambió. Y sin ser en realidad un gran evento sí que provocó grandes cambios. He recordado. He viajado a líneas pasadas, a sentimientos dibujados en trazos con forma de letras, y a otros sentimientos escondidos entre esos trazos, invisibles, salvo para alguien que los sepa leer. He imaginado. He imaginado cómo podrían haber sido las cosas si la vida hubiese sido tan solo un poquito más dócil, si hubiera podido llevarla a mi manera, en vez de ser ella la que me llevara a mí. He soñado. He soñado que tal vez aún no fuera tarde, que tal vez existiese aún un modo de ver tales placeres más allá de la imaginación. Y no lo negaré: recordar, imaginar y soñar, todo ello ha sido bonito. Pero ya va siendo hora de vivir.
Quien me conoce sabe que no puedo vivir sin música, y que casi para cada instante, para cada recuerdo, tengo asociada alguna canción. Hoy no hay canción. Y es que hoy no se trata de recordar aquellos momentos del ayer. Hoy se trata de fabricar otros nuevos que recordar mañana.
Porque cuando finalmente alcanzas el ansiado equilibrio, es cuando estás realmente desequilibrado...
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lunes, 28 de enero de 2013
lunes, 7 de enero de 2013
In Equilibrium (Revelación)
Ese misterioso punto de encuentro entre el cuerpo y la mente, la tranquilidad de espíritu, según algunos. No, no es en eso en lo que consiste ese ansiado equilibrio. No es mi intención dar lecciones de nada a nadie, ni tan siquiera despertar una reflexión al respecto. Si escribo sobre cuanto descubrí, es precisamente porque no me corresponde hacerlo. ¿Contradictorio? Probablemente, pero no más que el propio equilibrio. Porque, ¿cuál es el concepto global que se tiene de 'eso'?
El equilibrio entre el bien y el mal, entre lo positivo y lo negativo... ¿cómo? Hoy en día, llamamos a alguien 'buena persona' simplemente por no hacer cosas malas. No es necesario que haga nada realmente bueno. Y sobre lo positivo y lo negativo, nos dejamos llevar por la codicia incluso en las cosas más intangibles y abstractas de nuestro -limitado- espectro de razonamiento. Así, cualquier cosa que no sea positiva es automáticamente negativa, ya sea en forma de 'pérdida de tiempo', 'información innecesaria', o cualquier otra de las muchas formas que tenemos de despreciar cualquier cosa, material o no, que no nos aporte ningún bien directo. Atendiendo a estas razones, no existe un término medio entre el bien y el mal. No a nivel social. No hay en esta realidad consciente un punto de equilibrio entre lo positivo y lo negativo, pues inmediatamente las personas, como sociedad, lo desplazamos todo a uno u otro lado.
Ni siquiera podemos afirmar que tengamos un criterio universal e inequívoco de lo que es bueno y lo que es malo, pues lo que es bueno para uno puede perfectamente ser malo para otro individuo. Y no hablo ya de cuestiones generales como puedan ser las que están registradas en los Derechos Humanos (que también en ellas hay diferentes ideologías, por supuesto), sino también a un nivel mucho más personal, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Entonces, ¿a qué se refiere la gente cuando habla de 'buscar el equilibrio'?
¿Equilibrio emocional, quizás? ¿No permitir que nada nos afecte positiva ni negativamente? No, tampoco eso es el equilibrio, eso recibe simplemente el nombre de apatía. Por no mencionar que la apatía absoluta, la total ausencia de influencias externas en nuestro estado anímico y psicológico, es un imposible. Siempre habrá algo, o tal vez alguien, que nos 'desequilibre' en ese sentido. Un suceso o simplemente la presencia de una persona ante la cual no podemos permanecer indiferentes. Ni debemos, pues la ausencia total de emociones sí que podría considerarse como algo rotundamente negativo.
Y es que el concepto que se tiene popularmente de eso que tantos buscan, está basado en una incorrección. También llamamos equilibrio, desde el punto de vista físico, a algo que no se mueve, a pesar de que por su forma o posición creamos que debería moverse o incluso caer. Pero ni siquiera ese equilibrio existe en realidad. Toda vibración, por leve que sea, hace que cualquier objeto vibre a nivel molecular. Tal vez nosotros podamos verlo quieto y, por lo tanto, en equilibrio, pero no es así. Todo está en continuo movimiento, ese 'equilibrio' físico no existe en absoluto. Ni tampoco el emocional, espiritual, o como cada uno quiera llamarlo. Lo más cercano al equilibrio que podemos definir es exactamente esa vibración, oscilar en torno a un punto fijo utópico, imposible de alcanzar.
¿Estoy diciendo entonces que el equilibrio no existe? En cierto modo, sí. Pero solo en cierto modo. Si el secreto de ese estilo de vida tan buscado por muchos es precisamente oscilar en torno a un inalcanzable, ¿cómo se consigue? Eso ya depende de cada uno. Yo lo he alcanzado a través de la autocrítica, de analizarme a mí en todos y cada uno de los aspectos en los que haya podido encontrar defectos en la gente que me rodea. No se trata de ser perfecto. En primer lugar, porque la perfección, como mucho, equivaldría a ese punto inalcanzable, inexistente. Y en segundo lugar, porque la perfección como la entendemos, sería claramente buena, y por lo tanto muy lejana del equilibrio. Se trata simplemente de reconocer los defectos propios, y luchar y esforzarse por corregirlos. Nunca se corregirán todos; ni siquiera se descubrirán todos, por mucho que nos analicemos a nosotros mismos y por mucho que nos critiquemos. Podemos ver mil defectos en las personas que nos rodean día a día, y sentirnos bien sabiendo que nosotros no los tenemos. Y tal vez eso de pie a un sentimiento de decepción constante con la sociedad que nos envuelve, como me ocurre a mí. Y tal vez, eso signifique que ahora tenemos un problema aún mayor por solucionar. Y si lo hacemos, si conseguimos que todos esos defectos ajenos no nos afecten negativamente, corremos el riesgo de estar perdiendo el interés por esas personas que los poseen y, en última instancia, por el mundo y la vida misma. Y eso sería un defecto aún mucho más grave...
A donde quiero llegar es a que, a medida que nos vamos acercando a ese punto que muchos se atreverían a llamar 'perfección', también nos vamos acercando a la absoluta imperfección. ¿Contradictorio? Por supuesto, pero también perfectamente lógico, con permiso por el juego de palabras. No se trata de no ver los fallos ajenos, pues a menudo es en los demás donde encontramos esas cosas que no nos gustan, cosas que tal vez también nosotros hagamos o tengamos, sin siquiera darnos cuenta. Llegados a este punto, nos encontramos con que existen dos formas de acercarnos a ese 'equilibrio'.
Una, refugiarse en la más absoluta ignorancia, pues no hay peor ciego que el que no quiere ver, y no querer ver fallos propios ni ajenos es a priori una eficaz forma de sentirse bien con uno mismo y con el mundo. El problema es que algo, o alguien, nos aporte una información que no deseamos conocer. Y en tal caso, toda nuestra burbuja de ignorancia explotará.
La otra: conocer. Conocerse a uno mismo y conocer también al ser humano en su totalidad. Analizar y juzgar, por supuesto, pero empezando siempre por uno mismo. Marcarse pequeñas metas día a día, corregir esos fallos que vemos en los demás, pues casi con toda seguridad ellos también los verán en nosotros. Y si encuentras la manera de solucionar un problema de difícil solución, tal vez, ofrecer tu respuesta a alguien más que tenga el mismo problema. ¿Por qué? Por lo mismo por lo que comencé esta reflexión: porque no nos corresponde. Porque no tenemos ninguna necesidad en hacerlo, ni obligación alguna en ello.
Por todo ello dejo constancia aquí de mi reflexión: porque no me corresponde.
El equilibrio entre el bien y el mal, entre lo positivo y lo negativo... ¿cómo? Hoy en día, llamamos a alguien 'buena persona' simplemente por no hacer cosas malas. No es necesario que haga nada realmente bueno. Y sobre lo positivo y lo negativo, nos dejamos llevar por la codicia incluso en las cosas más intangibles y abstractas de nuestro -limitado- espectro de razonamiento. Así, cualquier cosa que no sea positiva es automáticamente negativa, ya sea en forma de 'pérdida de tiempo', 'información innecesaria', o cualquier otra de las muchas formas que tenemos de despreciar cualquier cosa, material o no, que no nos aporte ningún bien directo. Atendiendo a estas razones, no existe un término medio entre el bien y el mal. No a nivel social. No hay en esta realidad consciente un punto de equilibrio entre lo positivo y lo negativo, pues inmediatamente las personas, como sociedad, lo desplazamos todo a uno u otro lado.
Ni siquiera podemos afirmar que tengamos un criterio universal e inequívoco de lo que es bueno y lo que es malo, pues lo que es bueno para uno puede perfectamente ser malo para otro individuo. Y no hablo ya de cuestiones generales como puedan ser las que están registradas en los Derechos Humanos (que también en ellas hay diferentes ideologías, por supuesto), sino también a un nivel mucho más personal, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Entonces, ¿a qué se refiere la gente cuando habla de 'buscar el equilibrio'?
¿Equilibrio emocional, quizás? ¿No permitir que nada nos afecte positiva ni negativamente? No, tampoco eso es el equilibrio, eso recibe simplemente el nombre de apatía. Por no mencionar que la apatía absoluta, la total ausencia de influencias externas en nuestro estado anímico y psicológico, es un imposible. Siempre habrá algo, o tal vez alguien, que nos 'desequilibre' en ese sentido. Un suceso o simplemente la presencia de una persona ante la cual no podemos permanecer indiferentes. Ni debemos, pues la ausencia total de emociones sí que podría considerarse como algo rotundamente negativo.
Y es que el concepto que se tiene popularmente de eso que tantos buscan, está basado en una incorrección. También llamamos equilibrio, desde el punto de vista físico, a algo que no se mueve, a pesar de que por su forma o posición creamos que debería moverse o incluso caer. Pero ni siquiera ese equilibrio existe en realidad. Toda vibración, por leve que sea, hace que cualquier objeto vibre a nivel molecular. Tal vez nosotros podamos verlo quieto y, por lo tanto, en equilibrio, pero no es así. Todo está en continuo movimiento, ese 'equilibrio' físico no existe en absoluto. Ni tampoco el emocional, espiritual, o como cada uno quiera llamarlo. Lo más cercano al equilibrio que podemos definir es exactamente esa vibración, oscilar en torno a un punto fijo utópico, imposible de alcanzar.
¿Estoy diciendo entonces que el equilibrio no existe? En cierto modo, sí. Pero solo en cierto modo. Si el secreto de ese estilo de vida tan buscado por muchos es precisamente oscilar en torno a un inalcanzable, ¿cómo se consigue? Eso ya depende de cada uno. Yo lo he alcanzado a través de la autocrítica, de analizarme a mí en todos y cada uno de los aspectos en los que haya podido encontrar defectos en la gente que me rodea. No se trata de ser perfecto. En primer lugar, porque la perfección, como mucho, equivaldría a ese punto inalcanzable, inexistente. Y en segundo lugar, porque la perfección como la entendemos, sería claramente buena, y por lo tanto muy lejana del equilibrio. Se trata simplemente de reconocer los defectos propios, y luchar y esforzarse por corregirlos. Nunca se corregirán todos; ni siquiera se descubrirán todos, por mucho que nos analicemos a nosotros mismos y por mucho que nos critiquemos. Podemos ver mil defectos en las personas que nos rodean día a día, y sentirnos bien sabiendo que nosotros no los tenemos. Y tal vez eso de pie a un sentimiento de decepción constante con la sociedad que nos envuelve, como me ocurre a mí. Y tal vez, eso signifique que ahora tenemos un problema aún mayor por solucionar. Y si lo hacemos, si conseguimos que todos esos defectos ajenos no nos afecten negativamente, corremos el riesgo de estar perdiendo el interés por esas personas que los poseen y, en última instancia, por el mundo y la vida misma. Y eso sería un defecto aún mucho más grave...
A donde quiero llegar es a que, a medida que nos vamos acercando a ese punto que muchos se atreverían a llamar 'perfección', también nos vamos acercando a la absoluta imperfección. ¿Contradictorio? Por supuesto, pero también perfectamente lógico, con permiso por el juego de palabras. No se trata de no ver los fallos ajenos, pues a menudo es en los demás donde encontramos esas cosas que no nos gustan, cosas que tal vez también nosotros hagamos o tengamos, sin siquiera darnos cuenta. Llegados a este punto, nos encontramos con que existen dos formas de acercarnos a ese 'equilibrio'.
Una, refugiarse en la más absoluta ignorancia, pues no hay peor ciego que el que no quiere ver, y no querer ver fallos propios ni ajenos es a priori una eficaz forma de sentirse bien con uno mismo y con el mundo. El problema es que algo, o alguien, nos aporte una información que no deseamos conocer. Y en tal caso, toda nuestra burbuja de ignorancia explotará.
La otra: conocer. Conocerse a uno mismo y conocer también al ser humano en su totalidad. Analizar y juzgar, por supuesto, pero empezando siempre por uno mismo. Marcarse pequeñas metas día a día, corregir esos fallos que vemos en los demás, pues casi con toda seguridad ellos también los verán en nosotros. Y si encuentras la manera de solucionar un problema de difícil solución, tal vez, ofrecer tu respuesta a alguien más que tenga el mismo problema. ¿Por qué? Por lo mismo por lo que comencé esta reflexión: porque no nos corresponde. Porque no tenemos ninguna necesidad en hacerlo, ni obligación alguna en ello.
Por todo ello dejo constancia aquí de mi reflexión: porque no me corresponde.
viernes, 4 de enero de 2013
Ni calvo ni tres pelucas (Óptica)
Porque todo depende del color del cristal con el que miremos, o de las vueltas que queramos darle a las cosas antes de llegar a una conclusión o una decisión. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, eso es obvio. Y sí, está muy bien eso de pensar las cosas antes de actuar, ¡pero actúa! No sirve de nada darle mil vueltas a un asunto si el resultado final es no tomar cartas en él. A veces hay que mojarse incluso sin saber si el agua está demasiado caliente. Tal vez nos abrasemos, pero es un riesgo que hay que correr. De no hacerlo, el riesgo que corremos es el de no arriesgarnos nunca en nada. Cierto es que así es muy difícil perder, pero también es imposible ganar.
Y eso hago, ni más ni menos. Tal vez esta entrada sólo responda a una necesidad de autoconvencerme de que mis esfuerzos de los últimos días tienen un propósito y acabarán dando un resultado. Tal vez concuerde realmente con esta ideología que hoy defiendo, y que había perdido hace quizás más tiempo del recomendable. Pero una cosa es innegable: tan negativo es vivir la vida al límite y no pensar nunca en consecuencias, como analizarlo todo en exceso hasta el punto de no mojarnos nunca en nada.Ya me cansé de analizar, he tenido tiempo suficiente como para saber casi exactamente dónde quiero poner los pies. Ahora toca caminar...
Y eso hago, ni más ni menos. Tal vez esta entrada sólo responda a una necesidad de autoconvencerme de que mis esfuerzos de los últimos días tienen un propósito y acabarán dando un resultado. Tal vez concuerde realmente con esta ideología que hoy defiendo, y que había perdido hace quizás más tiempo del recomendable. Pero una cosa es innegable: tan negativo es vivir la vida al límite y no pensar nunca en consecuencias, como analizarlo todo en exceso hasta el punto de no mojarnos nunca en nada.Ya me cansé de analizar, he tenido tiempo suficiente como para saber casi exactamente dónde quiero poner los pies. Ahora toca caminar...
martes, 1 de enero de 2013
De balances, balanzas, equilibrios y desequilibrados (Retroceso)
Primero de enero. Día de promesas que casi nunca se cumplen, día de partir de cero. Unos, con una meta clara a alcanzar; otros, sin más expectativa que la de tener un año si acaso menos malo que el anterior. Atrás quedan los balances anuales sobre lo bueno y lo malo que nos dejó un 2012 demasiado largo para muchos. Balances que, por cierto, en contadas ocasiones se hacen realmente cuando el año ya ha acabado. Como si unas horas, tal vez incluso un solo instante, no bastasen para dar al traste con todo o, por el contrario, para ofrecer un nuevo enfoque desde el que ver las cosas con una perspectiva totalmente distinta.
Y es que resulta que yo de eso entiendo un rato, pues parece que desde que entré en tromba hace ya algunos añitos (camino de los siete), mi vida se resuelve y se complica a base de momentos puntuales. Instantes que llegan fugaces, y como estrellas fugaces en el lugar equivocado y en el momento equivocado, se estrellan provocando el caos. O quizás aniquilando todo a su paso y dejando tras de sí tan sólo una extraña y desoladora calma. Y este 2012 no iba a ser menos, salvo quizás por el hecho de que ni siquiera yo esperaba estar tan acertado cuando dije que este sería un año para olvidar. De aquello hace hoy 366 días, aunque por momentos cada día me durase semanas. Y de momentos se trata. De estrellas fugaces que fugaces pasaron, pero cuyo recuerdo perdura. Etapas de una vida a las que se podría dar incluso nombre, como en aquella película de Will Smith.
Instantes... como aquella muerte, aquella madrugada del 2 al 3 de enero en la que creí morir... o lo deseé... o ambas cosas. Y el infierno despertó. ¿Qué ocurrió? Quienes lo saben, ya lo saben y no necesitan que lo repita. Y saben también que no quiero repetirlo, pues cuanto más lo repito más me parece cosa de un ayer y no de un pasado ya relativamente lejano. Y quien no lo sabe, me temo que seguirá siendo así, al menos un día más. Este instante se podría llamar, 'Precipicio'.
Momentos, como aquel lunes, aquella resaca de Semana Blanca en la que todo se acabó de verdad. Aquel final tan retrasado a la par que tan anticipado de más de 3 años pasando cada día más tiempo con ella que el anterior. Aquel punto de no retorno en nuestra relación, no solo como pareja, sino de amistad. Ya sabía aquel día, que nada iba a mejorar, que si nuestro trato había de sufrir algún cambio, también yo lo sufriría. Y así ha sido, después de todo. A este momento, podría llamarlo 'Caída libre'.
Apenas un parpadeo, como un 'hola, ¿qué tal?' a una desconocida que, quién me lo diría a mí, se acabaría convirtiendo en más una hermana pequeña que una amiga, o 'familia de rebote'. Con nuestros más y nuestros menos, por supuesto, pero hermana al fin y al cabo. Poca o ninguna importancia le di yo a aquel rostro nuevo. Tal vez porque ya no confiaba en nadie, después de todo lo vivido. O quizás sólo porque apenas habían pasado un par de semanas desde el 'momentazo' anterior y mi salud y equilibrio mental no estaban precisamente en su mejor etapa. Demasiado larga ha sido mi 'baja' por depresión... mi bajada del mundo, sería quizás más apropiado decir, que éste iba ya demasiado rápido para mi gusto, y me mareaba. Aquel parpadeo, aquel saludo, tal vez merecería llamarse 'Bolsa de aire', por cuanto ha supuesto desde entonces. Gracias, Leah Broken Dream, por estar ahí cuando estás, y por ser esa desconocida que se convirtió en mi hermanita.
Difícilmente una fracción medible de tiempo. Un abrazo, una lágrima y un 'adiós'. Un 'por el momento' que se extiende ya por más de siete meses. Quiso la casualidad que esa fracción de tiempo a duras penas medible se diese justo el día en que habríamos hecho 3 años juntos. Como una burla de la vida, una más para arrebatarme lo único que en aquellos tiempos sostenía mi cordura delicadamente atada a mi cuerpo y mi mente. Y, como en las nauseabundas corridas de todos, también mi depresión volvió al ruedo. Dispuesta a una nueva faena (y vaya faena...) A esta despedida sólo podría llamarla de una manera: 'Infierno'.
Un suspiro. Un cruce de miradas furtivas en la oscuridad de una madrugada. Un '¡me asustaste!' que da pie a una conversación. Una conversación que da pie a una cierta confianza, tal vez más porque necesitaba creer que podía confiar en alguien, que porque realmente la mereciese. Y una cierta confianza que da pie a un 'hasta mañana', y luego a otro, y luego a otro. Y a alguna que otra quedada fuera del refugio de la oscuridad. Hasta que los sentimientos se confunden y se tergiversan las palabras, y toda esa red de seguridad que iba uno tejiendo poco a poco, se va a pique. Podría recibir el nombre de 'Desengaño', o 'Falsas apariencias', o cualquier otro. Pero yo la llamaría simplemente por su nombre: Rocío.
Y desconozco qué sucedió después. Ignoro en qué punto exacto de este 2012 descubrí la verdad sobre ese ansiado equilibrio que muchos buscan, aún sin saber en qué consiste realmente aquello que buscan. Pero lo encontré, y con él me encontré a mí mismo. No me corresponde a mí desvelar lo que vi, ni lo que sentí, aunque es probable que más tarde o más temprano lo acabe haciendo en alguno de mis numerosos desvaríos. Pero algo cambió, y con ese cambio vinieron otros que hasta aquel momento nadie se atrevió a intentar. No sé si fue un instante o un proceso, pero en cualquier caso, sin duda podríamos llamarlo 'Revelación'.
Lo que vino después, es la razón por la que estoy aquí, entre otras cosas. Han sido tres meses de profundo cambio, pero en ámbitos tan dispares que no sé si debería considerarlos parte de un proceso, o más bien una auténtica lluvia de estrellas fugaces... o de fugaces momentos inconexos pero con una base común: el poder para cambiar la percepción de las cosas. Y empezó todo con lo que podría recibir por nombre algo así como 'Badajoz, parte I'. Mil agradecimientos debo a Noelia, por todo el apoyo prestado en esos días tan turbios, como a su hermana Laura por ese último empujón. Tal vez el regreso de aquel instante no fue todo lo bueno que cabría esperar; tal vez el desenlace no fuera el esperado. Mas no me arrepiento en absoluto por ello. Gracias a aquellos días y a aquellas personas pude constatar lo que ya sospechaba: que no estaba tan solo como parecía, que encontrar algo parecido a una familia era tan sencillo como romper a cabezazos los prejuicios y las conclusiones egoístas y favoritistas con las que nos habían engañado tanto en un lugar como en otro.
Luego vino el curso de alemán. Y con él, Laura Bravo, esa manzana loca con complejo de pony que, sin comerlo ni beberlo, me dio más de lo que ni ella ni yo podríamos esperar. Encontré el equilibrio en mi mente, o al menos lo único lo bastante parecido como para recibir ese nombre. Encontré la fortaleza en el apoyo de Badajoz, así como en mi hermano menor y mi hermanita Leah. Pero me faltaba lo más importante y, sin siquiera saber cómo, fue esta compañera y ahora amiga la que me lo dio: ganas. Tanto es así, que a pesar de haberla conocido en el curso de alemán, la considero como algo independiente y anterior, el 'efecto Laura'.
¿'Efecto Laura'? Ánimo, ganas, decisión... llamadlo como queráis. Pero es ella la responsable del nacimiento de nuevos objetivos; ella, la culpable del regreso de otros anteriores. Literatura, musica, blog... Es Laura, casi de rebote, el origen de todo esto, partiendo por el hecho de que esta entrada vea algún día la luz. La mano tendida que por primera vez desde que empezó todo esto (aquella madrugada entre el 2 y el 3 de enero), se ofreció a sacarme de la depresión sin siquiera saber que lo estaba haciendo. Después han llegado 'Badajoz, parte II', y por supuesto mi reencuentro con viejas amistades a las que no veía, en algún caso, desde hacía al menos 4 o 5 años. ¿Fecha? 30 de diciembre. "Como si unas horas, tal vez incluso un solo instante, no bastasen para dar al traste con todo o, por el contrario, para ofrecer un nuevo enfoque desde el que ver las cosas con una perspectiva totalmente distinta." Pero ninguna de las dos cosas habría tenido lugar sin el 'efecto Laura'.
De modo que, ¿mi balance del año? A estas alturas, es lo que se esperaba, ¿me equivoco? Mi balance es que, tal como dije hace hoy 366 días, 2012 ha sido un año para olvidar. Pero también un año para recordar. Ha supuesto un retroceso, sin duda. Retroceso a un ambiente familiar desfamiliarizado. Retroceso a una dependencia, especialmente la económica. Retroceso a un estado de soledad casi permanente. Pero también retroceso a otro ambiente familiar que sin comerlo ni beberlo perdimos por culpas ajenas, y que aún hoy por culpas ajenas no termina de fluir como debería. Pero fluirá. Retroceso también a unas amistades que desaparecieron, es cierto (y no lo reprocho, también yo lo hice), pero que ahí están. Con cientos de anécdotas y lógicamente muchos cambios, pero en esencia tan frescas como entonces. Retroceso a la ilusión de completar algo, de alcanzar unos objetivos que, no nos engañemos, habían desaparecido en mí ya antes de aquella madrugada del 2 al 3 de enero. Retroceso, por supuesto, a este mundo de los blogs, y también a ver de nuevo alguna cara conocida y querida. Retroceso, sí... pero a veces es bueno retroceder un par de pasos para ver las cosas con perspectiva, ¿no?
Y para terminar, pues creo que sólo resta agradecer a todo el mundo que ha aparecido o reaparecido en mi vida, directa o indirectamente, en este 2012. A Ceo, actual pareja de mi ex y razón por la que me los pusiera y posteriormente me dejara (no, no es ironía, de no ser por la maldita hora en que apareció, nada de todo lo demás habría ocurrido). A mi hermanísima Leah, que la quiero con locura, y a mi hermano David, que no es que haya aparecido este año, pero sí ha sido un pequeño descubrimiento. A Rocío por supuesto, pues intuyo que conocerla y desengañarme con ella tuvo mucho que ver en mi 'Revelación'. A todos los del curso de alemán: a Laura por todo lo ya mencionado, y por demostrarme que aún queda gente en la que se puede confiar; y al resto por demostrarme que, precisamente poder confiar en alguien, sigue siendo una excepción. Gente como ellos hace que cada día valore más a los que no son como ellos. A mi familia de Badajoz, especialmente a aquellos que, sin tener que demostrar nada, han enseñado mucho. A esas personillas que uno conoce 'de rebote' pero que resultan ser magníficas personas, Andrea y Cristina. A mis amigos desaparecidos y reaparecidos hace sólo unos días, por razones obvias; y también a Patty, mi camarada bloguera a la que siempre es un placer volver a leer. Me faltó Angie, a quien tengo un increíble cariño y de quien guardo un hermoso recuerdo. No pudo ser en 2012, pero sí que espero volver a tener noticias tuyas pronto.
Sólo una nota más que añadir, para todos aquellos que quizás no se han parado en realidad a analizar el pasado año con perspectiva. A todos los que se dejan llevar por la negatividad de un año quizás no tan negativo como creen:
Y es que resulta que yo de eso entiendo un rato, pues parece que desde que entré en tromba hace ya algunos añitos (camino de los siete), mi vida se resuelve y se complica a base de momentos puntuales. Instantes que llegan fugaces, y como estrellas fugaces en el lugar equivocado y en el momento equivocado, se estrellan provocando el caos. O quizás aniquilando todo a su paso y dejando tras de sí tan sólo una extraña y desoladora calma. Y este 2012 no iba a ser menos, salvo quizás por el hecho de que ni siquiera yo esperaba estar tan acertado cuando dije que este sería un año para olvidar. De aquello hace hoy 366 días, aunque por momentos cada día me durase semanas. Y de momentos se trata. De estrellas fugaces que fugaces pasaron, pero cuyo recuerdo perdura. Etapas de una vida a las que se podría dar incluso nombre, como en aquella película de Will Smith.
Instantes... como aquella muerte, aquella madrugada del 2 al 3 de enero en la que creí morir... o lo deseé... o ambas cosas. Y el infierno despertó. ¿Qué ocurrió? Quienes lo saben, ya lo saben y no necesitan que lo repita. Y saben también que no quiero repetirlo, pues cuanto más lo repito más me parece cosa de un ayer y no de un pasado ya relativamente lejano. Y quien no lo sabe, me temo que seguirá siendo así, al menos un día más. Este instante se podría llamar, 'Precipicio'.
Momentos, como aquel lunes, aquella resaca de Semana Blanca en la que todo se acabó de verdad. Aquel final tan retrasado a la par que tan anticipado de más de 3 años pasando cada día más tiempo con ella que el anterior. Aquel punto de no retorno en nuestra relación, no solo como pareja, sino de amistad. Ya sabía aquel día, que nada iba a mejorar, que si nuestro trato había de sufrir algún cambio, también yo lo sufriría. Y así ha sido, después de todo. A este momento, podría llamarlo 'Caída libre'.
Apenas un parpadeo, como un 'hola, ¿qué tal?' a una desconocida que, quién me lo diría a mí, se acabaría convirtiendo en más una hermana pequeña que una amiga, o 'familia de rebote'. Con nuestros más y nuestros menos, por supuesto, pero hermana al fin y al cabo. Poca o ninguna importancia le di yo a aquel rostro nuevo. Tal vez porque ya no confiaba en nadie, después de todo lo vivido. O quizás sólo porque apenas habían pasado un par de semanas desde el 'momentazo' anterior y mi salud y equilibrio mental no estaban precisamente en su mejor etapa. Demasiado larga ha sido mi 'baja' por depresión... mi bajada del mundo, sería quizás más apropiado decir, que éste iba ya demasiado rápido para mi gusto, y me mareaba. Aquel parpadeo, aquel saludo, tal vez merecería llamarse 'Bolsa de aire', por cuanto ha supuesto desde entonces. Gracias, Leah Broken Dream, por estar ahí cuando estás, y por ser esa desconocida que se convirtió en mi hermanita.
Difícilmente una fracción medible de tiempo. Un abrazo, una lágrima y un 'adiós'. Un 'por el momento' que se extiende ya por más de siete meses. Quiso la casualidad que esa fracción de tiempo a duras penas medible se diese justo el día en que habríamos hecho 3 años juntos. Como una burla de la vida, una más para arrebatarme lo único que en aquellos tiempos sostenía mi cordura delicadamente atada a mi cuerpo y mi mente. Y, como en las nauseabundas corridas de todos, también mi depresión volvió al ruedo. Dispuesta a una nueva faena (y vaya faena...) A esta despedida sólo podría llamarla de una manera: 'Infierno'.
Un suspiro. Un cruce de miradas furtivas en la oscuridad de una madrugada. Un '¡me asustaste!' que da pie a una conversación. Una conversación que da pie a una cierta confianza, tal vez más porque necesitaba creer que podía confiar en alguien, que porque realmente la mereciese. Y una cierta confianza que da pie a un 'hasta mañana', y luego a otro, y luego a otro. Y a alguna que otra quedada fuera del refugio de la oscuridad. Hasta que los sentimientos se confunden y se tergiversan las palabras, y toda esa red de seguridad que iba uno tejiendo poco a poco, se va a pique. Podría recibir el nombre de 'Desengaño', o 'Falsas apariencias', o cualquier otro. Pero yo la llamaría simplemente por su nombre: Rocío.
Y desconozco qué sucedió después. Ignoro en qué punto exacto de este 2012 descubrí la verdad sobre ese ansiado equilibrio que muchos buscan, aún sin saber en qué consiste realmente aquello que buscan. Pero lo encontré, y con él me encontré a mí mismo. No me corresponde a mí desvelar lo que vi, ni lo que sentí, aunque es probable que más tarde o más temprano lo acabe haciendo en alguno de mis numerosos desvaríos. Pero algo cambió, y con ese cambio vinieron otros que hasta aquel momento nadie se atrevió a intentar. No sé si fue un instante o un proceso, pero en cualquier caso, sin duda podríamos llamarlo 'Revelación'.
Lo que vino después, es la razón por la que estoy aquí, entre otras cosas. Han sido tres meses de profundo cambio, pero en ámbitos tan dispares que no sé si debería considerarlos parte de un proceso, o más bien una auténtica lluvia de estrellas fugaces... o de fugaces momentos inconexos pero con una base común: el poder para cambiar la percepción de las cosas. Y empezó todo con lo que podría recibir por nombre algo así como 'Badajoz, parte I'. Mil agradecimientos debo a Noelia, por todo el apoyo prestado en esos días tan turbios, como a su hermana Laura por ese último empujón. Tal vez el regreso de aquel instante no fue todo lo bueno que cabría esperar; tal vez el desenlace no fuera el esperado. Mas no me arrepiento en absoluto por ello. Gracias a aquellos días y a aquellas personas pude constatar lo que ya sospechaba: que no estaba tan solo como parecía, que encontrar algo parecido a una familia era tan sencillo como romper a cabezazos los prejuicios y las conclusiones egoístas y favoritistas con las que nos habían engañado tanto en un lugar como en otro.
Luego vino el curso de alemán. Y con él, Laura Bravo, esa manzana loca con complejo de pony que, sin comerlo ni beberlo, me dio más de lo que ni ella ni yo podríamos esperar. Encontré el equilibrio en mi mente, o al menos lo único lo bastante parecido como para recibir ese nombre. Encontré la fortaleza en el apoyo de Badajoz, así como en mi hermano menor y mi hermanita Leah. Pero me faltaba lo más importante y, sin siquiera saber cómo, fue esta compañera y ahora amiga la que me lo dio: ganas. Tanto es así, que a pesar de haberla conocido en el curso de alemán, la considero como algo independiente y anterior, el 'efecto Laura'.
¿'Efecto Laura'? Ánimo, ganas, decisión... llamadlo como queráis. Pero es ella la responsable del nacimiento de nuevos objetivos; ella, la culpable del regreso de otros anteriores. Literatura, musica, blog... Es Laura, casi de rebote, el origen de todo esto, partiendo por el hecho de que esta entrada vea algún día la luz. La mano tendida que por primera vez desde que empezó todo esto (aquella madrugada entre el 2 y el 3 de enero), se ofreció a sacarme de la depresión sin siquiera saber que lo estaba haciendo. Después han llegado 'Badajoz, parte II', y por supuesto mi reencuentro con viejas amistades a las que no veía, en algún caso, desde hacía al menos 4 o 5 años. ¿Fecha? 30 de diciembre. "Como si unas horas, tal vez incluso un solo instante, no bastasen para dar al traste con todo o, por el contrario, para ofrecer un nuevo enfoque desde el que ver las cosas con una perspectiva totalmente distinta." Pero ninguna de las dos cosas habría tenido lugar sin el 'efecto Laura'.
De modo que, ¿mi balance del año? A estas alturas, es lo que se esperaba, ¿me equivoco? Mi balance es que, tal como dije hace hoy 366 días, 2012 ha sido un año para olvidar. Pero también un año para recordar. Ha supuesto un retroceso, sin duda. Retroceso a un ambiente familiar desfamiliarizado. Retroceso a una dependencia, especialmente la económica. Retroceso a un estado de soledad casi permanente. Pero también retroceso a otro ambiente familiar que sin comerlo ni beberlo perdimos por culpas ajenas, y que aún hoy por culpas ajenas no termina de fluir como debería. Pero fluirá. Retroceso también a unas amistades que desaparecieron, es cierto (y no lo reprocho, también yo lo hice), pero que ahí están. Con cientos de anécdotas y lógicamente muchos cambios, pero en esencia tan frescas como entonces. Retroceso a la ilusión de completar algo, de alcanzar unos objetivos que, no nos engañemos, habían desaparecido en mí ya antes de aquella madrugada del 2 al 3 de enero. Retroceso, por supuesto, a este mundo de los blogs, y también a ver de nuevo alguna cara conocida y querida. Retroceso, sí... pero a veces es bueno retroceder un par de pasos para ver las cosas con perspectiva, ¿no?
Y para terminar, pues creo que sólo resta agradecer a todo el mundo que ha aparecido o reaparecido en mi vida, directa o indirectamente, en este 2012. A Ceo, actual pareja de mi ex y razón por la que me los pusiera y posteriormente me dejara (no, no es ironía, de no ser por la maldita hora en que apareció, nada de todo lo demás habría ocurrido). A mi hermanísima Leah, que la quiero con locura, y a mi hermano David, que no es que haya aparecido este año, pero sí ha sido un pequeño descubrimiento. A Rocío por supuesto, pues intuyo que conocerla y desengañarme con ella tuvo mucho que ver en mi 'Revelación'. A todos los del curso de alemán: a Laura por todo lo ya mencionado, y por demostrarme que aún queda gente en la que se puede confiar; y al resto por demostrarme que, precisamente poder confiar en alguien, sigue siendo una excepción. Gente como ellos hace que cada día valore más a los que no son como ellos. A mi familia de Badajoz, especialmente a aquellos que, sin tener que demostrar nada, han enseñado mucho. A esas personillas que uno conoce 'de rebote' pero que resultan ser magníficas personas, Andrea y Cristina. A mis amigos desaparecidos y reaparecidos hace sólo unos días, por razones obvias; y también a Patty, mi camarada bloguera a la que siempre es un placer volver a leer. Me faltó Angie, a quien tengo un increíble cariño y de quien guardo un hermoso recuerdo. No pudo ser en 2012, pero sí que espero volver a tener noticias tuyas pronto.
Sólo una nota más que añadir, para todos aquellos que quizás no se han parado en realidad a analizar el pasado año con perspectiva. A todos los que se dejan llevar por la negatividad de un año quizás no tan negativo como creen:
jueves, 27 de diciembre de 2012
La eternidad en un suspiro (Insomnio)
No sería capaz de explicar con total certeza los motivos de mi insomnio, tan solo sé que cada noche hace la tarea de dormir un poco más dura que la anterior. De no ser porque es físicamente imposible, diría que tal vez es por dormir demasiado. ¿Demasiado? Sonaría a chiste de no ser porque el malestar con el que me levanto no me hace ninguna gracia. Podría ser que en mi cabeza se agolpen demasiados pensamientos, demasiados asuntos pendientes como para bajar la guardia y descansar. Porque todo en estos días constituye un asunto pendiente; me exijo cada día más, y cada día soy capaz de menos. Todo lo malo se puede cambiar, todo lo bueno se puede mejorar. Y mientras tanto acechan los miedos.
Es cierto que mi vida ha dado giros, tumbos y piruetas en los últimos meses. No muchos lo han visto, la mayoría de quienes me rodean ni siquiera se han percatado de ello. Pero en lo más profundo de mi ser han cambiado muchas cosas en apenas un par de meses. Tal vez mi insomnio se deba a que ni siquiera mi cama sigue en su sitio para acoger mi letargo. Desde aquel viaje a mis raíces he sufrido y disfrutado, reído y llorado tanto, que a veces me parece que estos dos meses hayan pasado en cuestión de segundos; otras veces, cosa de años. Y se aprende, se aprende tanto que apenas me reconozco. La duda prolifera en mí a cada instante.
Me siento culpable a ratos, sospecho haber sido el detonante de toda esta vorágine de cambios que se ha producido a mi alrededor. Desaté el saco de los truenos por no conformarme con palabras ajenas, y desde entonces he descubierto mis mayores virtudes, pero también mis peores defectos. Me he sentido la criatura más afortunada sobre la faz de este infesto planeta, y por momentos también la más estúpida. He visto a mis barreras derrumbarse una a una, sepultando a mis principios con cada sacudida. Y las he visto crecer más sólidas e inquebrantables que nunca, y a mis valores volar aún más alto hasta casi sentirlos lejanos de nuevo.
No sé si todo este tiempo he sido un valiente, o quizás un insensato. Sea como sea, lo cierto es que jamás he tenido miedo de nada, ni siquiera de la muerte (a la que en alguna ocasión incluso he buscado). Y sin embargo ahora, temo por cada palabra, por cada gesto. No por mí, sino por las consecuencias que mi saco de truenos puede tener sobre las poquitas personas a las que quiero. En estos dos meses he vuelto a sentir tantas cosas... 25 años forjando una red de teorías que diesen forma y sentido a mi vida, pero cuando una de tales teorías dejó de parecerme convincente, toda la red cayó en un suspiro. ¿Y ahora qué? Ahora volver a empezar, volver a creer, volver a confiar... ¿confiar? Tal vez. Y quizás algún día, volver a descansar.
Es cierto que mi vida ha dado giros, tumbos y piruetas en los últimos meses. No muchos lo han visto, la mayoría de quienes me rodean ni siquiera se han percatado de ello. Pero en lo más profundo de mi ser han cambiado muchas cosas en apenas un par de meses. Tal vez mi insomnio se deba a que ni siquiera mi cama sigue en su sitio para acoger mi letargo. Desde aquel viaje a mis raíces he sufrido y disfrutado, reído y llorado tanto, que a veces me parece que estos dos meses hayan pasado en cuestión de segundos; otras veces, cosa de años. Y se aprende, se aprende tanto que apenas me reconozco. La duda prolifera en mí a cada instante.
Me siento culpable a ratos, sospecho haber sido el detonante de toda esta vorágine de cambios que se ha producido a mi alrededor. Desaté el saco de los truenos por no conformarme con palabras ajenas, y desde entonces he descubierto mis mayores virtudes, pero también mis peores defectos. Me he sentido la criatura más afortunada sobre la faz de este infesto planeta, y por momentos también la más estúpida. He visto a mis barreras derrumbarse una a una, sepultando a mis principios con cada sacudida. Y las he visto crecer más sólidas e inquebrantables que nunca, y a mis valores volar aún más alto hasta casi sentirlos lejanos de nuevo.
No sé si todo este tiempo he sido un valiente, o quizás un insensato. Sea como sea, lo cierto es que jamás he tenido miedo de nada, ni siquiera de la muerte (a la que en alguna ocasión incluso he buscado). Y sin embargo ahora, temo por cada palabra, por cada gesto. No por mí, sino por las consecuencias que mi saco de truenos puede tener sobre las poquitas personas a las que quiero. En estos dos meses he vuelto a sentir tantas cosas... 25 años forjando una red de teorías que diesen forma y sentido a mi vida, pero cuando una de tales teorías dejó de parecerme convincente, toda la red cayó en un suspiro. ¿Y ahora qué? Ahora volver a empezar, volver a creer, volver a confiar... ¿confiar? Tal vez. Y quizás algún día, volver a descansar.
sábado, 15 de diciembre de 2012
Los silencios del reflejo (Interior)
O el arte de llevarnos la contraria incluso estando de acuerdo. Mover el brazo izquierdo cuando nosotros movemos el derecho, y aún así coincidir en cada gesto, en cada movimiento. Poner cara de sorpresa cuando somos nosotros los sorprendidos, aunque a nuestro reflejo jamás podamos sorprender. Siempre atento, siempre vigilante. Impasible, invariable frente a los sentimientos de la debilidad humana. Pero aún así sonríe cuando estamos alegres, sin sentir él alegría; aún así llora nuestras tristezas, que no las suyas al no poder sentirlas; aún así se sonroja con nuestras vergüenzas y, por qué no, también con nuestros enfados. ¿Será empatía? Tal vez, sea tan solo burla. Pero tal vez debamos dejar de contemplar tan solo la superficie del cristal y adentrarnos un poco más. Quizás no estaría mal dejar de apreciarnos tal y como nos vemos y aprender a vernos como nos ve él.
Incapaz de prejuzgar, pues un reflejo no conoce el pasado ni el futuro, sino tan solo lo que tiene delante. Incapaz de guardar rencor, o expectativa alguna. Carente de la dudosa 'habilidad' de menospreciar a aquel a quien refleja o, por el contrario, de sobrevalorarnos. ¿Qué puede nuestro reflejo, ausentes en él todas esas distorsiones, pensar de nosotros? Probablemente, que somos vanidosos, incapaces de salir de casa sin la rutinaria visita de rigor frente al espejo. Quizás también que somos muy afortunados al poder movernos libremente por la tercera dimensión. Pero, ¿qué más? Anoche descubrí a mi reflejo, observándome desde la ventana -la foto de arriba, no se ve porque es difícil captar un reflejo en la oscuridad-. Movía los labios, como queriendo decirme algo que evidentemente no pude escuchar, puesto que no había voz en aquellas palabras. La lógica dicta que sólo era yo, que cantaba en voz alta... pero, ¿y si no fuera así? Ignoro qué podría mi reflejo pensar de mí, desconozco qué podría querer decirme. Soy consciente de que mis divagaciones empiezan a sacar los pies del tiesto, hoy ando más bien (des)equilibrado.
Pero recuperando un poco la cordura, aunque sólo sea temporalmente, ¿tan descabellado es pensar en analizarnos a nosotros mismos como lo haría nuestro reflejo? No solo desde el punto de vista de la autocrítica, sino también para ser realmente conscientes de lo que tenemos, y de lo que necesitamos. Y tal vez así, comprender que nadie es tan dichoso ni tan desdichado como cree ser. Que cuando creemos estar mal, no estamos en realidad tan mal; y que cuando nos sentimos bien, siempre nos queda un amplio margen de mejora. Tal vez sería buena idea, aprender a escuchar los silencios de nuestro reflejo.
domingo, 9 de diciembre de 2012
Con pies descalzos (Sendero)
Sobre las brasas de una pasión, terrible y hermosa fuente inagotable de adrenalina. Con pies descalzos, pisando con fuerza, asfixiando las llamas para no sentir dolor. Pues en la pasión, como en las brasas, la adrenalina se torna en dolor en cuanto se baja la presión. Con pies descalzos ennegrecidos por el hollín, ese hollín que nunca sale del todo, que siempre deja su huella. Pues la pasión, como las brasas, también se puede apagar, pero quien la conoce queda de alguna manera marcado para siempre. Con pies descalzos, sintiendo el fuego, sintiendo ese calor tan necesario para sentirse vivo. Pues es la vida sin pasión como las brasas sin calor: una contradicción, un imposible. Nada. Con pies descalzos.
Sobre la fresca hierba de una amistad, sencilla pero compleja fábrica de momentos para recordar. Con pies descalzos sobre briznas de césped y pequeñas ramitas, siempre igual pero siempre diferente, siempre sin saber exactamente qué hay bajo los pies. Pues en eso consiste la amistad, constante a la par que cambiante, un suelo no siempre firme en el que no tiene sentido el análisis, sólo la confianza. Con pies descalzos, húmedos, probablemente sucios, o quizás con algún molesto bichejo correteando entre los dedos, pues en la hierba, como en la amistad, no todo es verde y fresco si no se cuida con esmero, y bajo cada pisada puede acechar una sorpresa desagradable. Pero también en eso consiste la amistad, en cuidarla y respetarla, y aceptarla cuando las cosas no vienen exactamente como se espera. Con pies descalzos.
Sobre el duro asfalto de un silencio inoportuno, indiferente testigo mudo de tantos tabúes. Con pies descalzos cargados de ampollas que duelen a cada paso dado. Pues es el camino por duro asfalto como el tiempo en un mal silencio, cada paso un segundo más pesado y doloroso que el anterior. Con pies descalzos pisando tierra inerte, estéril, inservible, caminando sobre la incómoda trivialidad del vacío que un silencio representa. Pues así es la ausencia de esas palabras, atenazadas por el miedo o la inseguridad. Inerte, estéril, incómodo y vacío; pero casi siempre inamovibles, inquebrantables silencios, como el mismo asfalto. Con pies descalzos.
Sobre el lecho del río de lo prohibido, atractiva y salvaje tentación para los sentidos. Con pies descalzos y paso inseguro, a ciegas, oculta cada pisada por una corriente hostil. Pues de eso se nutre lo prohibido, de la ausencia de un camino claro, de la oposición de las corrientes. Con pies descalzos e inestables, persistente el riesgo de resbalar en cada paso, constante el riesgo de perder pie, de que el camino no acabe bien. Pues también de eso se alimenta lo prohibido, de la inseguridad y la tensión de que nada puede salir mal. Con pies descalzos y siempre hacia adelante, pues una vez dado el primer paso, difícil hazaña resulta rectificar y dar media vuelta. Más fácil es tratar de avanzar hasta el final. Con pies descalzos.
Sobre los fragmentos de un cristal de ilusión, tan frágiles y tan impredecibles. Con pies descalzos y mirada atenta, cuidadosa cada pisada, casi de puntillas tratando de evitar los cortes. Y es que los bordes de una ilusión rota siempre cortan y hacen brotar la sangre, pero su núcleo sigue duro, sólido; de alguna forma, una ilusión nunca muere del todo. Con pies descalzos entre hirientes centellas, reflejando mutuamente su luz, guardando en secreto la esencia de todos los colores. Y es que todos los colores se esconden también tras cada ilusión, descubrirlos depende del ángulo desde el que se mire. Con pies descalzos.
Sobre las nieves perpetuas de una amistad perdida, gélida y pesada, que hunde y empapa más y más a cada paso. Sobre el mar en calma de una confianza sincera, un manto infinito y refrescante donde todo parece pesar menos. Sobre las nubes de todos esos momentos de ensueño que hacen flotar, sentir toda la energía del sol y la magia de la luna a un mismo tiempo. Con los pies en el suelo, o bajo las flores, o sobre el tejado de la torre más alta de los viejos castillos en el aire. Pero, ¿de qué sirve la vida si la vemos pasar con miedo a vivirla? ¿Qué sentido tiene caminar, si no nos dejamos sorprender por lo que nuestros pies encuentren? Cada paso, cada pisada, es todo lo que en esta vida merece valor alguno, pues el destino, el fin último de la vida, será siempre el mismo. No lo desperdicies entonces, no des un paso más sin saber realmente todo lo que este momento tiene que ofrecer, todo lo que ahora mismo hay bajo tus pies.
Es sencillo. Tan sólo aprende a disfrutar la vida, con pies descalzos.
Sobre la fresca hierba de una amistad, sencilla pero compleja fábrica de momentos para recordar. Con pies descalzos sobre briznas de césped y pequeñas ramitas, siempre igual pero siempre diferente, siempre sin saber exactamente qué hay bajo los pies. Pues en eso consiste la amistad, constante a la par que cambiante, un suelo no siempre firme en el que no tiene sentido el análisis, sólo la confianza. Con pies descalzos, húmedos, probablemente sucios, o quizás con algún molesto bichejo correteando entre los dedos, pues en la hierba, como en la amistad, no todo es verde y fresco si no se cuida con esmero, y bajo cada pisada puede acechar una sorpresa desagradable. Pero también en eso consiste la amistad, en cuidarla y respetarla, y aceptarla cuando las cosas no vienen exactamente como se espera. Con pies descalzos.
Sobre el duro asfalto de un silencio inoportuno, indiferente testigo mudo de tantos tabúes. Con pies descalzos cargados de ampollas que duelen a cada paso dado. Pues es el camino por duro asfalto como el tiempo en un mal silencio, cada paso un segundo más pesado y doloroso que el anterior. Con pies descalzos pisando tierra inerte, estéril, inservible, caminando sobre la incómoda trivialidad del vacío que un silencio representa. Pues así es la ausencia de esas palabras, atenazadas por el miedo o la inseguridad. Inerte, estéril, incómodo y vacío; pero casi siempre inamovibles, inquebrantables silencios, como el mismo asfalto. Con pies descalzos.
Sobre el lecho del río de lo prohibido, atractiva y salvaje tentación para los sentidos. Con pies descalzos y paso inseguro, a ciegas, oculta cada pisada por una corriente hostil. Pues de eso se nutre lo prohibido, de la ausencia de un camino claro, de la oposición de las corrientes. Con pies descalzos e inestables, persistente el riesgo de resbalar en cada paso, constante el riesgo de perder pie, de que el camino no acabe bien. Pues también de eso se alimenta lo prohibido, de la inseguridad y la tensión de que nada puede salir mal. Con pies descalzos y siempre hacia adelante, pues una vez dado el primer paso, difícil hazaña resulta rectificar y dar media vuelta. Más fácil es tratar de avanzar hasta el final. Con pies descalzos.
Sobre los fragmentos de un cristal de ilusión, tan frágiles y tan impredecibles. Con pies descalzos y mirada atenta, cuidadosa cada pisada, casi de puntillas tratando de evitar los cortes. Y es que los bordes de una ilusión rota siempre cortan y hacen brotar la sangre, pero su núcleo sigue duro, sólido; de alguna forma, una ilusión nunca muere del todo. Con pies descalzos entre hirientes centellas, reflejando mutuamente su luz, guardando en secreto la esencia de todos los colores. Y es que todos los colores se esconden también tras cada ilusión, descubrirlos depende del ángulo desde el que se mire. Con pies descalzos.
Sobre las nieves perpetuas de una amistad perdida, gélida y pesada, que hunde y empapa más y más a cada paso. Sobre el mar en calma de una confianza sincera, un manto infinito y refrescante donde todo parece pesar menos. Sobre las nubes de todos esos momentos de ensueño que hacen flotar, sentir toda la energía del sol y la magia de la luna a un mismo tiempo. Con los pies en el suelo, o bajo las flores, o sobre el tejado de la torre más alta de los viejos castillos en el aire. Pero, ¿de qué sirve la vida si la vemos pasar con miedo a vivirla? ¿Qué sentido tiene caminar, si no nos dejamos sorprender por lo que nuestros pies encuentren? Cada paso, cada pisada, es todo lo que en esta vida merece valor alguno, pues el destino, el fin último de la vida, será siempre el mismo. No lo desperdicies entonces, no des un paso más sin saber realmente todo lo que este momento tiene que ofrecer, todo lo que ahora mismo hay bajo tus pies.
Es sencillo. Tan sólo aprende a disfrutar la vida, con pies descalzos.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Querido Ser Humano (Excepción)
Querido ser humano:
Os escribo esta misiva sin más asunto que el de mostraros mi más sarcástica admiración. Porque os admiro. Me descubro ante vos, Humanidad. Me descubro, por la infinita paciencia que demostráis con vuestra propia existencia. Yo en vuestro lugar hace ya mucho que me habría perdido. Me descubro por vuestra graciosa manera de sentir y creer. Lo vuestro, Humanidad, ya no es el amor propio del homocentrismo, lo vuestro alcanzó hace ya tiempo la egolatría individual. ¿Dónde olvidasteis la capacidad de relacionaros, de pensar más allá de vuestra propia piel? Habláis de amistad, e incluso de amor. ‘Te quiero más que a mi propia vida’, decís. Mas a la hora de la verdad, no hacéis nada por nadie sin esperar a cambio vuestra ‘justa’ retribución. Hacéis algo de forma ‘generosa’ por alguien a quien llamáis amigo, pero rompéis la amistad en cuanto ese amigo tiene ocasión de devolveros el favor y no lo hace. ¿Y a eso lo llamáis amistad, querido ser humano? Eso recibe otro nombre: contrato. Lo reducís todo a la categoría de negocio. ‘Hoy por ti, mañana por mí’, es vuestro lema. Hoy por ti, pero si mañana tú no estás para mí, pasado mañana no cuentes conmigo, ¿me equivoco? El amigo es el que está ahí cuando lo necesitas, por el mero hecho de que lo necesites. Y no valen palabras, ni valen contratos, ni ‘Hoy por ti, mañana por mí’. Vale estar ahí, y nada más. Pero no, querida Humanidad, vos preferís basarlo todo en un intercambio, jamás dais nada sin esperar recibir nada a cambio. Extraña criatura, ser humano, que no hace favores, sino sólo inversiones. Compra los minutos de sus semejantes con sus propios minutos, como si a una verdadera amistad le importase entregar sus minutos por aquel al que llaman amigo. ¡Vamos, Humanidad! Te vendo doscientos de mis minutos por doscientos de los vuestros. Pero si yo os entrego doscientos y vos a mí sólo me entregáis sesenta, rompemos el contrato, por supuesto. Y rompiendo el contrato, habré perdido los doscientos minutos que os entregué mas los que gaste discutiendo con vos. ¿Y qué recibiré a cambio? Nada, absolutamente nada. ¡Además de egoísta, estúpida, Humanidad! ¿Y si eso ocurre? ¿Qué pasa cuando algo sale mal y tenéis un conflicto con otro ser humano? Simple, también es vuestro propio egoísmo el que os gobierna. Cuando algo os afecta y os hace sentir mal, algo que evidentemente tiene solución –puesto que lo único que no tiene solución en este mundo, es vuestra presencia-, ¿para qué solucionarlo? Si os sentís mal por una causa, vuestra estupidez os impide solucionarlo cuanto antes. Fin de la causa, fin del malestar. Mas no, vosotros os regodeáis en vuestro propio malestar hasta que los ánimos se templan y ya no sois capaces de hacerlo más. Y cuando ya os habéis descargado, entonces, tal vez, tratáis de solucionar algo. Jamás pensáis en que hay otro ser humano implicado, otro ‘alguien’ que también puede estar pasándolo mal por lo mismo, y que puede preferir buscar la solución cuanto antes. ¿Os importa? En absoluto, hacéis las cosas a vuestra manera sin siquiera consultar a la otra parte implicada, como si os creyeseis más valiosos que ellos y sus opiniones e impresiones ni tan siquiera mereciesen ser escuchadas. Arrastráis a seres que bien podrían no querer ser arrastrados, pero no lo tenéis en cuenta, no lo valoráis como no valoráis absolutamente nada. Nadie os importa, no sois más que puro egoísmo.
Mas no os preocupéis, Humanidad, pues por lo visto habéis encontrado el modo de preservar esas ‘amistades’. Muchos de vuestros hijos han aprendido que, para vos, la mejor forma de no decepcionarse con sus propios hermanos es no dar nada por ellos. Como dice la canción, esperar lo mejor de uno es esperar demasiado, ¿verdad? Una amplia mayoría de vosotros, extraño ser humano, ha hallado la forma de no hacer nada y aun así conservar vuestras amistades-contrato: consiste en el novedoso arte de ofrecer vuestra ayuda sólo cuando sabéis que no podéis ayudar. Espejismo de una ayuda que nunca llega, pues cuando vuestra mano sí que puede hacer algo, es cuando vuestra mano se resguarda en el bolsillo, impasible, ajena, viendo la escena desde el refugio del no hacer nada. Y así, incomprensible ser humano, podéis alardear de tener ese tipo de contratos con otros muchos seres humanos. Sesenta y ocho, noventa y uno, doscientos ochenta y cuatro, setecientos catorce… y los llamáis amigos. Además de egoísta, mentirosa, Humanidad. Curioso concepto de amistad, os regodeáis en creer que una amistad es una relación, y que como tal, precisa de dos personas. Mas no es la amistad una relación, sino un sentimiento, y como tal, individual. Tendrás, ser humano, otro ser humano por el que darías algo, otro ser humano que podrá contar contigo. Y eso ya le convierte en tu amigo, aunque su actitud hacia ti sea diferente, aunque él no te tenga en la misma consideración. Porque en eso consiste ser amigo, en dar cuando lo necesiten sólo porque lo necesitan. Mas no para vos, Humanidad, vos sois lo bastante estúpida como para romper vuestra amistad por puro egoísmo, aun cuando el propio hecho de romperla os haga sufrir. ¿Hay algo más obvio que no hacer algo por el mero hecho de que hacerlo os haría sufrir y pasarlo mal? Y sin embargo estáis dispuesta a ello con tal de no ver cómo dais más de lo que recibís. Querido ser humano, inexplicable magnate de tiempo, mercaderes de interés que sólo mostráis vuestra mercancía cuando os enseñan el pago. Y si no hay pago, tampoco hay interés. No hay sentimiento, sólo negocio. Además de egoísta, insensible, Humanidad.
Y ni tan siquiera en el amor conocéis la generosidad, distante Humanidad. El amor, esa ponzoña que sana todos los males habidos en el mundo para después mataros lentamente, ese sentimiento del que os jactáis de ser creadores… el único animal del planeta capaz de hacer tal cosa, según vos, Humanidad. Mas ni siquiera el amor queda libre de contrato para vuestros hijos e hijas. Para vos, dos enamorados no son más que dos clientes habituales. Seguís basándoos en el puro egoísmo, en el comercio de interés, tiempo y preocupación. ¿Y cariño? Sí, el cariño existe, no os lo negaré. Pero incluso el cariño sigue sujeto a las tasas del negocio, al ‘Hoy por ti, mañana por mí’, al egoísmo de querer recibir siempre, al menos, lo mismo que se da. Y como parte del negocio, la avaricia. Pues esa es la diferencia entre vuestra amistad y vuestro amor: vosotros, extraordinario ser humano, os ‘amáis’ cuando comerciáis y mercadeáis con grandes cantidades de tiempo, interés y preocupación. Para vosotros, amar es preferir a un cliente sobre los demás; no por gusto, sino solo porque paga mejor, porque sabéis que ese cliente os dará beneficios en forma de más tiempo, más interés o más preocupación. Entre vosotros, aquel que se siente querido siempre quiere sentirse amado; quien se siente amado, anhela ser adorado, tratados como reyes y reinas sin daros cuenta de que cuanto más pedís y más deseáis, más infelices os creéis. Y os da igual lo mucho o lo poco que recibáis por vuestro ‘amor’, os idolatráis tanto a vosotros mismos que siempre creéis que estáis otorgando más de lo que recibís, y por tanto siempre queréis más y más. ¡Además de egoísta, avariciosa, Humanidad! Como dice Día Sexto, ‘El noventa y nueve por cien son los que dicen ‘te quiero’, el uno por cien los que demuestran que eso es verdadero’. Pero, magnates de lo que debería ser un sentimiento, también el amor es para vosotros negocio, y como tal lo rompéis y lo despreciáis con la misma facilidad con que se rompe y se desprecia un papel, un triste contrato. Mercadeáis tanto con vuestras mercancías, que os olvidáis del valor que éstas realmente tienen, hasta que lo importante no es lo que tengáis, sino cuánto. No os importa que al romper el contrato de un amor dejéis de recibir lo que estáis recibiendo, pues en última instancia no valoráis en lo más mínimo lo que estáis recibiendo. Vuestra egoísta necesidad de recibir más convierte los sentimientos en cantidades, y si no estáis satisfechos con la vuestra, rescindís el contrato. Y nuevamente, lo hacéis aunque rescindirlo os haga sufrir; pues sufrir por otro ser humano sólo vale la pena cuando el otro ser humano sufre por vosotros, pero sufrir por no ver cómo dais más de lo que recibís… eso es lo único que tiene valor real para vos, Humanidad.
¿Y por qué englobo a todos tus hijos, Humanidad? ¿No hay uno que se salve, no existe uno diferente? Insociable ser humano, observad con atención a vuestro alrededor. ¿Cuál es el juego? Encontrar las diferencias, por supuesto. Diferentes ideologías respecto a ciertos temas, es cierto, micromundos de un micromundo donde salirse de la norma establecida es motivo de rechazo. ‘Yo no discrimino a nadie’, dicen tus hijos. Pero basta echar un vistazo a sus amistades-contrato para darse cuenta de que no contratan con cualquiera. Cada ser humanos sólo se ‘relaciona’ con sus iguales, con aquellos que comparten la misma mentalidad respecto a esos ciertos temas. Absurdo ser humano, en lugar de enriqueceros con la experiencia de quien piensa diferente, le despreciáis y le rechazáis, empobreciéndoos con vuestras propias conversaciones en las que nadie tiene nada diferente que opinar. Ovejas bobas, os rodeáis de las ovejas de vuestro mismo color para estar siempre de acuerdo en todo lo que se diga. Y así los actos de ‘hablar’ y ‘pensar’ no están relacionados para vosotros. Sois capaces de hacer lo primero prescindiendo de lo segundo, pues a aquellos que podrían haceros pensar con su propia ideología, los mantenéis lejos. ¿Y eso no es discriminación, patética Humanidad? Rechazo a lo que es diferente por el mero hecho de serlo, por el simple hecho de tener, al contrario que la mayoría de vuestros hijos, algo que aportar. Y si ese alguien os conoce ya demasiado bien, fascinante ser humano, os limitáis a desplazarlo y rechazarlo, conscientes de que ninguna otra cosa podríais hacer para quitároslo de en medio. Mas si ese alguien es aún joven e inexperto, si conserva aún esa rebeldía de cuando los jóvenes aún saben pensar por sí mismos… entonces es cuando marcáis aún más vuestro rechazo y vuestra hostilidad, y los motivos de ello. Valorar su opinión, o escucharla cuanto menos, no es ni siquiera una opción para vos. Influenciar a quien aún conserva un ápice de pensamiento independiente, lavarle el cerebro neutralizando lo que en realidad os diferencia del resto de la fauna de este inframundo que creéis que os pertenece. Ese es vuestro modus operandi. ¿El objetivo? Someterle, hacer que ‘comprenda’ que pensar de forma diferente está mal y que por eso se le rechaza, para que vuelva al redil con el resto de vosotros, estúpidas ovejas sin dueño. Además de egoísta, cruel, Humanidad.
Sometimiento, rendición incondicional. Pues eso es lo que vos misma pretendéis, criatura extraña. Organizas a tu pueblo en base a cuantas mentiras puedan contar, puesto que otorgas mayores responsabilidades a aquellos que demuestren mentir más. Ni tan siquiera os hace falta mentir bien, sino tan solo hacerlo lo más a menudo posible. Retorcido ser humano, tratas de controlar lo que tus hermanos pueden y deben creer manipulando vuestros propios medios de comunicación. Tergiversáis la verdad y la transformáis, cuando no optáis directamente por inventaros una nueva ‘realidad’ que contarle al resto de seres humanos. Utilizáis la desinformación y el engaño para ganaros la confianza de vuestros propios hermanos, y cuando ellos ponen en mayor o menor grado sus vidas en vuestras manos, las manipuláis en vuestro propio beneficio. Pero siempre sin dejar de mentir y engañar, procurando que aquellos que un día os dieron su confianza no os la retiren. ¡Además de egoísta, traidora, Humanidad! Incluso dentro de vuestros círculos de amistades-contrato, habláis más a la espalda del compañero que con él. Juzgáis y criticáis buscando que aquellos con los que habláis piensen como vosotros, buscáis cambiar su forma de ver a vuestra víctima, si acaso su forma de verle no fuese ya la misma. Mas, por supuesto, siempre cuando la presa de vuestra cacería verbal no esté presente para defenderse. Pues cuando vuestra víctima está presente, todo son buenas caras y sonrisas, caritas de ángel con historias del diablo. ¿Para qué? Para preservar vuestras amistades-contrato, para manipular también al objeto de vuestras críticas, haciéndole creer que le apreciáis y que todo va bien. Sois muñecas de trapo; sois títeres, vuestros hilos manejados por quienes creen dirigir toda la orquesta… ignorando que también sus carísimos trajes traen incorporados los hilos para que otro los controle. ¿Al final? La invisible dictadura de vuestro propio crimen, todo vuestro marchito planeta gobernado por una única reina inmortal de nombre Codicia. Esclavos del ansia de dinero y poder de unos pocos, víctima y verdugo de un sistema que vosotros mismos creasteis, indescriptible ser humano, y que vosotros mismos derribáis.
Porque ese es vuestro papel en el mundo, destruir. Empezando por destruir la propia tierra que os alimenta, y terminando por destruiros entre vosotros. Si el propio planeta es el comienzo, la primera creación según los creyentes, vos, Humanidad, sois la última. Allá donde Madre Tierra y Padre Cielo fuesen el origen, el génesis, vosotros, seres humanos, sois el fin, el apocalipsis. Ese, y no otro, es el sentido de vuestra existencia, para eso fuisteis creados. El planeta Tierra es una falla creada por los dioses, el destino, la casualidad, o lo que cada uno desee creer. Y vosotros, ser humano, no sois más que la llama que irremediablemente la ha de destruir. Grotesca diversión, la de crear algo sólo para después ver cómo arde lentamente. Seguramente los dioses, el destino y la casualidad, estuvieran todos ellos aburridos. Y vosotros no sois más que ascuas, bufones al servicio de una entidad que se aburre. Toda forma de vida tiene su agente destructor que hace que el ciclo comience de nuevo, que la vida conduzca a la muerte y ésta regenere en vida. Y vos, Humanidad, sois el agente destructor del propio planeta, el último virus, la mandíbula maldita que todo lo devora, hasta que su único bocado es vos misma. Ni tan siquiera el aire que respiráis y los alimentos que tomáis tienen valor alguno para vos. Aquello que permite que aún viváis, también lo destruís en la mayoría de los casos, con fines económicos, otra víctima más de vuestra avaricia y vuestro egoísmo. Ni tan siquiera preservar vuestro propio medio de vida es razón suficiente para frenar vuestra codicia, vuestro desprecio por cualquier cosa que no sea vosotros mismos, o que no redunde en vuestro propio beneficio. Taláis los árboles que os permiten respirar para convertirlos en muñecos que después quemáis. Hasta la misma roca destruís, para construir carreteras que os hagan el camino cinco minutos más corto. Emponzoñáis el mismo aire que necesitáis con el único objeto de desplazaros con el mínimo esfuerzo posible. Y mientras el planeta agoniza, vosotros decís hacer conciencia, ¿pero dónde está esa conciencia? Vuestras propias y ridículas teorías económicas os oprimen impidiéndoos consumir, pero vuestras industrias siguen produciendo al mismo ritmo y contaminando por igual. La reducción de vehículos que una crisis ecológica no ha conseguido en treinta años, la económica la logra año tras año. Esas son vuestras prioridades, ser humano, y así convertisteis el mundo en lo que hoy es, un reo de muerte en manos de un verdugo sádico y despiadado… en vuestras manos, Humanidad.
Así pues, por todo lo mencionado y por todo lo callado, que mucho es, os admiro. Admiro vuestro tesón y vuestra perseverancia en hacer lo que mejor sabéis: destruirlo todo. Admiro vuestra capacidad para desentenderos de todo y pensar única y exclusivamente en vosotros mismos. Admiro vuestra habilidad para estúpidamente engañaros a vosotros mismos. ‘Te quiero más que a mi vida’, ‘Yo no discrimino a nadie’, ‘Tengo doscientos quince amigos’… Da igual lo que digáis, siempre estaréis de acuerdo con vuestro entorno, y siempre os engañaréis; entre vosotros, y también a vosotros mismos. Admiro esa formidable manera de desvincular la palabra del pensamiento, me asombra que seáis capaces de hablar sin necesidad de pensar, como me asombra vuestro dominio del ‘arte’ de hablar y hablar y no decir nunca nada. Admiro vuestra coordinación para estar siempre en el lugar oportuno en el momento equivocado: cerca cuando nada podéis hacer, y lejos cuando sois, más que bienvenidos, necesarios. Fascinado me quedo con vuestra curiosa filosofía a la hora de resolver conflictos, pues en lugar de resolverlos cuando aún son pequeños y manejables, los cebáis y los alimentáis para luego intentar solucionarlos cuando ya son bestias fuera de control. Tenéis el don de delegar vuestros problemas en los demás en lugar de resolverlos vosotros mismos. Y otro don casi más asombroso aún, el de no dejar que nadie delegue sus problemas en vosotros mismos. Os admiro tanto, que confío plenamente en vuestra superior ‘inteligencia’ para ignorarlo todo y pasar de todo, y casi me sentiré decepcionado si alguien comprende el significado de la palabra sarcasmo que acompaña a tanta admiración. Y ante tanta admiración, no puedo hacer otra cosa que sentirme inferior, sentir que yo no soy capaz de ninguna de esas atrocidades. Tampoco lo intentaré, sé cuál es mi lugar. Mas no os preocupéis, Humanidad, pues como dicen algunos de tus hijos, vos sois perfecta. El malvado, el loco y el inmaduro soy yo. Malvado por dar más de lo que recibo, o incluso por dar besos donde sólo recibo bofetadas. Loco, por pensar en la otra persona, por preocuparme por alguien distinto de mí mismo. E inmaduro, por enriquecerme con quienes tienen algo que aportar, independientemente de sexo, raza, religión, cultura o edad.
Y hasta ahí la ironía. Con toda franqueza: querida, egoísta, estúpida, insensible, avariciosa, cruel, traidora y destructiva Humanidad, indigno me considero de vuestra presencia, sin lugar a dudas no soy merecedor de ella. Querido, egoísta, estúpido, insensible, avaricioso, cruel, traidor y destructivo ser humano, avergonzado me siento por habitar en este vuestro podrido y moribundo planeta. Confío sinceramente en que llevaréis a cabo vuestro cometido con la mayor brevedad posible y sin dejar rastro de este infectado sistema, así como de vosotros mismos. Con mucho aún que decir pero sin fuerzas para ello, me despido con la esperanza de que acabéis con esto antes de tener fuerzas para escribiros nuevamente.
Con la más sarcástica admiración:
No uno de los vuestros.
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